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¿Qué pasa?

¿Qué pasa? Resulta notorio el afán de nuestras gobernantas socialistas y podemitas por mostrar su hegemonía en defensa de la mujer oprimida. A propuesta de Irene Montero, ministra de Igualdad, el lema de la manifestación del Día de la Mujer Trabajadora era: ”Sola y borracha, quiero llegar a casa”. Y por otra parte, Carmen Calvo, vicepresidenta del Gobierno, exclamaba: ”Le diría que le va la vida, que le va su vida”, para animar a acudir a la concentración a la mujer que estuviera indecisa por temor al coronavirus.

O sea, la manifestación feminista del 8 de marzo tenía prioridad absoluta, por encima de las advertencias previas que desaconsejaban cualquier concentración de personas ante el evidente riesgo de contagio y rápida propagación.

El 8 de marzo era una fecha clave, pues, para que las calles estuvieran a libre disposición del neofeminismo radical. No importa que los investigadores españoles comenzaran a trabajar de forma intensa en enero, desde que se conoció el Covid.19. Pero no pasaba nada. No importa que, por temor al virus, el 13 de febrero se cancelara el Mobile World Congress que había de celebrarse en Barcelona. A pesar de la alarmante situación que se ya se vivía en Italia, los vuelos desde ese país se realizaban con toda normalidad. No pasaba nada hasta que, celebradas las manifestaciones del 8 de marzo, entraron las prisas. En un día se duplicaron las cifras de infectados, y el 14 de marzo, en un Consejo de Ministro extraordinario se decretó la reclusión de los españoles en sus domicilios.

Sería de lamentar que alguna vecina de Tres Cantos, motivada por el legítimo afán de apoyar a la mujer, hubiese hecho acto de presencia en alguna de las concentraciones convocadas y hubiese vuelto a casa con coronavirus. Ahora que estamos recluidos, con tiempo para rezar y para pensar, podemos darnos cuenta de la diferencia que existe entre enaltecer a la mujer en todo lo que vale y el radicalismo psicopático de esa mujer que se manifestaba mostrando una pintada sobre los senos desnudos, que decía: “Si nos unimos matamos a todos”.
¿Qué clase de feminismo es ese que consiste en eliminar a los hombres? Si no hubiera hombres, no habría mujeres. Habría algo muy raro que no se sabe lo que pueda ser.

Es evidente que la mujer, en demasiadas ocasiones, sufre maltrato, y que merece toda la atención y cuidado del hombre, es decir, ha de ser amada. Y de lo que es cierto, de lo que es un aspecto parcial de la realidad (porque no todos los hombres son maltratadores), de lo que es una verdad a medias, el feminismo radical establece una aberración general.

Y, sin embargo, se ha admitido sin discusión, por los de izquierdas y los de derechas, porque es lo políticamente correcto. Pero tiene un tufillo que permite atisbar que el príncipe de la mentira se ha servido de la mujer como instrumento para trastocar y poner patas arriba el orden establecido.

Es lo mismo de siempre que se relata en el Génesis, el demonio en figura de serpiente, convence a la mujer para que se libre del patriarcado y de Dios.

El autor de “Solas, borrachas y con coronavirus” menciona a Walter Lippmann cuando señala que la revolución capitalista precisa reajustes necesarios en el género de vida. Estos reajustes son propiciados por el neofeminismo psicopático que quiere “mujeres solas y borrachas”. Odiadoras del hombre y de la fecundidad (solas) y entregadas al vicio. Reajustes que, en definitiva, precisan de mujeres y hombres desvinculados, egoístas, absortos en satisfacer sus placeres, incapaces de formar un hogar y comprometerse en un proyecto capaz de trasmitir la vida. Mujeres y hombres que cobrarán el mismo sueldo ruinoso adecuado para gentes sin responsabilidades paternas.

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