LA IMPORTANCIA DEL SÍMBOLO, por Manuel Armenteros
La modernidad tardía que vivimos nos ofrece, una y otra vez, tanto el ocultismo del Símbolo, como la pugna por su presencia. De ahí, que asistamos simultáneamente a un sofoco y asfixia del Símbolo, como a su deslizamiento por todas las junturas de la realidad y del pensamiento.
La recuperación del Símbolo se torna “tarea de humanización”. Si queremos superar el estrechamiento racional y vital que condujo a la barbarie del siglo XX y que todavía está presente en la exclusión mundial…, si queremos ir más allá de planteamientos economistas y técnicos y recuperar la sensibilidad humanista, en pro de la defensa de la vida contra el sufrimiento y la muerte…, tenemos que profundizar en las raíces morales y espirituales: Por eso: ¡Tenemos que rescatar la experiencia del MISTERIO!
Necesitamos, pues, la racionalidad simbólica. Más concretamente…, la tarea cristiana de recuperación del Símbolo responde a un empobrecimiento de la Cultura y práctica del Símbolo dentro y fuera de la Iglesia. Recuperar el Símbolo quiere decir, finalmente, ¡cambiar el estilo de vida! Uno de los aspectos de la “anemia espiritual de nuestros días” pasa por la escuálida delgadez de lo Simbólico. Sin recuperación de las dimensiones simbólicas, evocadoras y sugeridoras del Misterio, Transcendencia y Profundidad, ¡NO HAY CRISTIANISMO VITAL!, NI ESCUELA DE FE Y EDUCACIÓN, EN EL TRATO JUGOSO DEL MISTERIO. ¡Todo queda en repetición o en modernismo más o menos actualizado!
El Símbolo es un tipo de conocimiento y aproximación a la realidad invisible, a la realidad no disponible, ni a la mano. El Símbolo es el lenguaje de la Trascendencia. El Pensamiento, actualmente, ve en el Símbolo todo lo humano y creativo, llámese ciencia o poesía. La existencia humana más mediocre, está plagada de Símbolos. ¡Vivimos en una situación paradójica! ¡Cuanto más crece el imperio de la imagen en nuestra sociedad y cultura, tanto más se adelgaza la presencia del Símbolo! Ya que este vive de la evocación y sugerencia de lo ausente. Por esta razón, no se lleva bien con la pretensión de exhibición total de la civilización de la imagen. La imagen ha quedado como paradigma del conocimiento. El Símbolo toca lo que constituye el manantial profundo del que surge, toda capacidad de acción y relación de Libertad y de Amor. ¡El Símbolo es conocimiento!, que se dirige no solo a la conciencia despierta, sino a la totalidad de la vida psíquica.
En definitiva, el Símbolo no nace de un afán cartesiano, no…, sino de una tensión existencial que nos sacude, que nos despierta…, Y… ¡No solo da que pensar, sino que da de vivir!
La sociedad tricantina: conoce, se mueve y se relaciona dentro de este conocimiento simbólico. Y sabe homenajear a las personas, reconociéndolas como “singulares”.
(Texto extraído del libro: “LA VIDA DEL SÍMBOLO”, de José María Mardones).
(Editorial SAL TERRAE. Colección Presencia Teológica.)
Manuel Armenteros Martos
Vecino tricantino
3 de enero del 2026




